Por Paco Melero

 

Me han pedido que escriba sobre la relación que mantengo, como editor, con los escritores que han ido creando, línea a línea, el borde de este bosque de páginas que son nuestras obras publicadas; con las escritoras que han sumergido en contenido literario nuestro calendario —exterior e interior—. Por supuesto, acepto encantado el reto; porque profesionalmente me siento satisfecho de lo que hemos sido capaces de hacer entre todos y porque personalmente me he vinculado de una manera muy especial a mis escritoras y mis autores —uso el posesivo en clave de complicidad escritor-editor.

En el mes de junio hará cinco años, un día 13, que como de repente, una idea tomó nombre, forma, capacidad y mucha… una inmensa ilusión. Sobre la autopublicación de obras literarias se cernía un lastre enorme —sigue ahí, desgraciadamente— y el equipo de esta editorial quiso poner su grano de arena. El lastre era el poco cuidado que las editoriales de autoedición ponían en la publicación de las obras que se les encargaba. Nuestra perspectiva era promover un tipo de ediciones cuidadas al detalle para que no hubiera diferencia entre una obra publicada en una editorial convencional y una autopublicada. Para ello, trazamos un proceso lento, trabajado, consensuado con cada autor y que midiera todos los matices que entran a formar parte de una obra publicada con calidad y dignidad.

De ahí, y siguiendo con el propósito de estas líneas, surge algo maravilloso y muy esperado: un elenco de relaciones personales con los protagonistas absolutos de esta casa editorial, sus escritores y sus escritoras, así como sus títulos escritos y publicados en EdítaloContigo Editorial.

Hoy, casi cinco años después, mantengo una relación personal inmensamente bella con estos autores. Por supuesto, he de decir que con algunos de ellos y ellas mantengo una preciosa y bonita amistad que va más allá de lo profesional.

No quiero dejarme llevar y abrumar por los recuerdos y sus complacencias, pero sí voy a señalar que, en mi profesión como editor, nadie me ha enseñado más que los propios escritores. Ellos, además de una fuente de inspiración y talento, son una mina de oro puro de formación, de puesta al día, de excelencia profesional.

Por eso, quienes conocen esta casa lo saben, siempre estoy al otro lado del correo electrónico o del teléfono. Nunca, jamás, por más ocupado que pudiera estar, he delegado el trato con los escritores —ni siquiera con aquellos que buscaban orientación exhaustiva y que sabía de antemano que no se iban a quedar con nosotros—. Ese fue mi compromiso el primer día de andadura de esta editorial y así ha permanecido hasta hoy.

Por ello, no tengo otra opción que dar las gracias a todos cuantos me han enseñado mucho, a los que han ido corrigiendo mis errores, a los que me han mostrado un matiz al menos y también a los que me hicieron ver lo que no debe hacerse entre personas de cultura. A todos y todas: GRACIAS.

Llevo cinco años, casi, tratando con grandes escritoras, con enormes creadores y con personas de las que tengo el más vivo convencimiento que mejoran el mundo.

Espero y deseo estar a vuestro servicio mucho tiempo más.