Por Marta Vega

«Las ideas están ahí, luchan por salir y acaba siendo una necesidad como respirar: una necesidad y un reflejo involuntario, pero necesario para vivir. Si, además de dejarlas salir, juegas con ellas a darles forma, el placer es mayor. También es como una forma de vivir otras vidas e, incluso, muchas veces, una vía de escape, una terapia». Así responde Gemma Jordan cuando le preguntamos por qué escribe; poderosas razones, las suyas. La escritora valenciana, autora de A la luna de Valencia e Hijos del insomnio, describe los que, a bien seguro, son los sentimientos de muchos escritores, por no decir todos: escribir como una necesidad, una pulsión. Escribir es vivir, en definitiva.

Gemma Jordán, con un ejemplar de su A la luna de Valencia

Gemma Jordán, con un ejemplar de su A la luna de Valencia

En la familia que somos EdítaloContigo, Gemma forma parte de un grupo de mujeres que escriben sobre mujeres… que aman a otras mujeres. Y otras muchas historias, claro. Pero nos enorgullece especialmente (y utilizamos este verbo con toda la intención del mundo) ser la casa de estas autoras por contar en nuestro catálogo con tantas obras LGTBI. Mari Ropero (Ellas, Cartas a Lucía, Sigo tus huellas), Natàlia Cremades (Ella es Mía) y Adriana Marquina (Bendita Gloria) son otras tres escritoras que suman a este grupo y que un buen día sintieron que sus historias necesitaban tocar a otros.

Y menos mal.

Mari solo se recuerda a sí misma escribiendo, incluso «antes de haber aprendido». Natàlia llenaba diarios ya desde muy niña. Para Adriana, escribir es algo más visceral: «Siempre me ha gustado inventar historias, pero no puedo ponerle fecha, simplemente es algo que forma parte de mí». Sus razones son lo de menos: lo importante es que estas mujeres escriben y comparten con nosotros lo que escriben. Porque, siendo sinceros, necesitamos leer sus historias casi tanto como ellas necesitan escribirlas.

Mari Ropero - EditaloContigo - ok

La escritora Mari Ropero en la Feria del Libro de Madrid con dos de sus tres novelas

No se me ocurre mejor manera de explicar el porqué de esta necesidad que hablándoos sobre una serie que empecé y terminé de ver la semana pasada en Netflix: Everything sucks. OJO: ¡SPOILERS! Una de los protagonistas es Kate. Oh, Kate: con catorce años se enamora locamente de otra chica. Y está llena de dudas y de miedos, como es lógico (adolescente lesbiana en los 90…). Pero, una noche, en un concierto de Tori Amos, ve entre el público a dos mujeres besarse, y… magia: Kate ya tiene un referente y sabe que lo que siente no es nada malo.

Y es que sentirse representado es fundamental. Hace unos años, encontrar referentes era muy complicado; si tenías la suerte de tener Internet en casa (y te dejaban usarlo con libertad), podías leer fan fiction, sobre todo, y, con suerte, ver algún vídeo. Pero la visibilidad LGTBI ha dado pasos de gigante en los últimos años: cada vez vemos más personajes homosexuales (y, poco a poco, bisexuales) en el cine, en la televisión y en el teatro; y, aunque a veces parece que estén puestos ahí para llenar un cupo, lo cierto es que contribuyen enormemente a una visibilidad que es importantísima. Pero, y a los que nos gusta leer, ¿qué? Esos tenemos la literatura LGTBI, que es más que una etiqueta: es el lugar en el que nos encontramos todos los que gustamos de leer sobre nosotros mismos.

A lo mejor el problema está en que estamos llamando «etiqueta» —con todas las implicaciones negativas del término— a lo que deberíamos llamar género; novela romántica, novela de misterio, novela rosa, novela histórica… y novela LGTBI, sin más.

Adriana Marquina, autora de Bendita Gloria

Adriana Marquina, autora de Bendita Gloria

El tema de las etiquetas es peliagudo. ¿Son buenas o son malas? ¿O deberíamos huir de posiciones tan maniqueas? «Las etiquetas te limitan, pero también te especializan —dice Gemma—, te focalizan ante un público, pueden ayudarte a vender mejor (que no más) la obra…». A lo mejor el problema está en que estamos llamando «etiqueta» —con todas las implicaciones negativas del término— a lo que deberíamos llamar género; novela romántica, novela de misterio, novela rosa, novela histórica… y novela LGTBI, sin más. Sea como fuere, «etiquetar» un libro, enmarcarlo en un género determinado, es una forma de acercarlo a un lector ávido de historias que le hagan sentir y vibrar.

Aunque ninguna de nuestras escritoras tiene problemas con que la «etiqueten» dentro del género LGTBI, sí insisten en que, ante todo, son escritoras, sin añadidos. Y escriben sobre cosas que conocemos y sentimos todos. «Yo he tenido la suerte de encontrarme con tres historias maravillosas de mujeres —comenta Mari—, con los miles de conflictos y miedos que tenemos todos: mujeres y hombres». El problema, afirma Natàlia, es que la gente «no vea más allá de esa etiqueta, sería muy simplista». Y tiene razón: para leer una novela negra no necesitamos tener un historial criminal, ni los que hemos leído y disfrutado con El Hobbit coleccionamos anillos. Si te gusta leer y te interesan los sentimientos y las relaciones humanas; si te interesa la vida, entonces estos libros también son para ti, te definas como te definas. Dicho esto, la función normalizadora y de visibilización que ejerce en la sociedad la literatura LGTBI es innegable: cualquiera de las novelas de estas cuatro escritoras manda un mensaje claro: en palabras de Adriana, «no pasa nada, es normal y sí es amor lo que sientes». Un mensaje que, tristemente, aún es necesario.

«Mi percepción es que en la literatura quizá estamos un paso atrás. En la televisión y en el cine es más fácil que un personaje LGTBI tenga visibilidad, que se le reconozca, que les shippeen…», opina Natàlia. Sin embargo, este panorama está cambiando a pasos agigantados gracias a Internet y a las redes sociales; ahora es todo mucho más fácil. «Si tienes acceso a Internet —dice Gemma—, puedes indagar un poco y encontrar obras de autoras autopublicadas que difunden y venden su trabajo por la red». Adriana sí buscó referentes en la literatura en su momento y, aunque no le resultó fácil, los encontró; aunque reconoce que ahora es más habitual dar con personajes que son homosexuales, pero cuya pertenencia al texto no tiene nada que ver con su condición sexual. Es decir, la literatura LGTBI existe, está cada vez más consolidada y, por suerte, es cada vez más fácil acceder a ella. Para Mari, estas historias LGTBI cumplen un papel muy importante y sus autoras tienen cierta responsabilidad, «nuestros personajes son necesarios para descartar prejuicios que todavía caminan a nuestro lado».

Mari Ropero: «Nuestros personajes son necesarios para descartar prejuicios que todavía caminan a nuestro lado».

Natàlia Cremades, autora de Ella es Mía

Natàlia Cremades, autora de Ella es Mía

En EdítaloContigo nos gusta pensar que tenemos algo que ver en esa labor de normalización tan importante que hacen estas autoras. Muchas de ellas son noveles o tienen dificultades para ser publicadas por editoriales convencionales, así que la autopublicación les da la merecidísima oportunidad de sacar adelante sus libros. Gemma lo tiene claro: «si no fuera por la autopublicación, no sé si podría haber visto la luz más que una cuarta parte de la literatura LGTBI». Y eso sería una auténtica lástima, porque las novelas de estas mujeres, más allá de géneros y etiquetas, contienen historias que hablan sobre todos, mujeres y hombres, gays y heteros, pequeños y grandes. Son buenas historias, en definitiva, sobre personas.

Y parece que estamos de suerte, porque nuestras cuatro autoras han confesado tener proyectos entre manos: Mari, un cuento infantil; Gemma, una novela distópica y otra que vendría a completar una trilogía que comenzó con A la luna de Valencia; Natàlia, la segunda edición de Ella es Mía, que verá la luz en marzo; y Adriana está en un momento en el que tiene todos los proyectos del mundo (¡queremos leerlos!). Desde EdítaloContigo os animamos: escribid, escribid y escribid. Y ojalá seamos nosotros los que os ayudemos, una vez más, a publicar vuestras historias. Gracias.