Por Paco Melero. Editor de la editorial EdítaloContigo

Parece que fue ayer… cuando iba con mi familia en aquel Citroën… cantando aquello de… VAMOS A CONTAR MENTIRAS TRALARÁ…

Y mentiras seguimos contando, pero ya no ayer sino hoy, ya no para divertirnos sino para juzgar, ya no aquellas canciones infantiles sino estas maduradas pesaduras. Y esto viene a cuento de las sinuosas posturas de unos pseudopuristas literarios que se empeñan en, como decía el poeta Machado, despreciar todo lo que ignoran.

Esta mañana, como cada una de las que tienen a bien amanecerme, leía de aquí y de allá. He terminado la última novela de Almudena Grandes, he oteado los periódicos digitales, un poema de Ángel González leído en voz alta, algo de Juanjo Millás, un poco más de la biografía de Francisco Ayala y un par de relatos de Apreciada existencia, del escritor valenciano Alejandro Vicente, publicado por EdítaloContigo, que me estoy releyendo.

Así me daban las seis de la mañana y había que ponerse a trabajar. Eso no significa otra cosa que seguir leyendo, esa es mi suerte. Me pongo a buscar una información y empiezo a bucear (así lo llaman) en algunos blogs acerca de la autoedición. Es entonces cuando mi perro levanta la cabeza, por no nombrar otros apéndices, porque nota que se me comienza a calentar el asiento.

No voy a decir dónde lo vi porque además de leer me enseñaron a contar, al menos hasta diez. Pero hay que ser indecente para hablar así, en general, alegremente, sin pensar en que quizás generalizar es injusto, en que hay mucho esfuerzo que puede ser ofendido, en que hay muchísimo talento que puede estar siendo despreciado y, peor aún, ignorado. Allí se decía, por no extenderme en copiar descalificativos, que los escritores que autoeditan son una suerte de egos frustrados que recurren a lo que sea con tal de ver su nombre en una portada… VAMOS A CONTAR MENTIRAS TRALARÁ…, porque a lo mejor dicha muchas veces logramos que parezca verdad.

Yo no digo que todos los lugares donde un autor puede recurrir para publicar su obra puedan ser llamados editoriales. Soy el primero en admitirlo y constatarlo. EdítaloContigo, sin ir más lejos, ha publicado más de una vez algún texto que ya había sido impreso antes y con muy desgraciado éxito de edición. Porque ahí está la clave, muchos son los textos que se autopublican pero no se editan previamente. Pasan directamente de ser un borrador a un texto publicado. Cualquiera que conozca algo de editoriales sabe que eso es una barbaridad, una máquina “tragaperras” lo denomina un colega del sector. Alguien sacará beneficio de eso, yo no digo que no, pero no todos lo hacemos. Yo quiero pensar que cuando eso ocurre el autor está de acuerdo y que prefiere aquello a nada.

Lo malo, lo muy malo, es que se metan en esa costura a todos cuantos publican sus obras en editoriales de autoedición, incluidos los que editan previamente sus manuscritos. Yo certifico que por mis ojos han pasado muchos, muchísimos textos autoeditados que podrían haber sido publicados en cualquier editorial convencional. También certifico que por mis manos han paso muchos, muchísimos textos que no he publicado porque el escritor se negaba a que fueran editados como paso previo e imprescindible a su impresión.

Yo entiendo que editar un texto requiere mucho tiempo y una mayor inversión. Pero no estoy descubriendo la pólvora con esto, esa misma proporción puede aplicarse a la calidad elegida en cualquier género de cosas. Lo que ocurre en los textos, y esto es importante, es que la propia literatura es la palabra misma, por eso no podemos publicar ignorando la sintaxis, la ortografía, el estilo…

No todos los escritores que publican en editoriales de autoedición entran por la estrechez de ese juicio. No tengo que irme muy lejos, mis escritores, los maravillosos creadores de historias que han publicado en EdítaloContigo, pueden poner sus publicaciones al lado de cualquier publicado convencionalmente. Todos saben que han debido armarse de paciencia nada más cruzar el umbral de esta editorial, que hemos corregido, que hemos leído las correcciones, que hemos repasado las revisiones, que hemos vuelto a leer las maquetas, que se han pedido las imprescindibles pruebas de papel a la imprenta… y así hasta que un día, de repente, uno mira la edición y dice: ya está, ¡imprimimos! Puedo citar a todos, pero tengo en la memoria a Mari Ropero (Cartas a Lucía), Adrián G Fernández (Instinto), mi buen poeta Álvaro Márquez Barba (El Deseo y la Palabra), mi apreciado Agustín García Delestal (Nueve pasos al presente), a mi buen amigo Fernando Rubio (De cazador a pediatra) con sus mil quinientos ejemplares vendidos de unas memorias de más de ochocientas páginas, David Pallás con su tercera edición (Los príncipes morados), el muy cultísimo sonetista Guillermo Arróniz (Los príncipes de catorce versos y De verso en Greco), la periodista Paloma Insa (Tres de abril), el crítico literario Juan Roures (Bajo el arcoíris), Rosa Expósito con su libro colaborador con los enfermos de cáncer de mama (Burbujas de colores). En fin, ellos y toda la larga lista de los que han publicado y de los que lo están haciendo, la novelista Gema Fernández (Fotografías imborrables), el ensayista Francisco Javier Guerrero Roiz de la Parra (La existencia histórica de Nazaret), David Sandó con su segunda edición (Mordiendo el paso a la distancia), el gran novelista canario y ahora escritor de cuentos infantiles Eusebio Marrero (Era cierta la vida después del divorcio y El pinzón y sus amigos), Rosa Expósito con su libro colaborador con los enfermos de cáncer de mama (Burbujas de colores). A todos ellos los defiendo como buena literatura porque no he publicado nada que no haya leído y tengo el orgullo de conocer casi de memoria sus obras.

Son grandes autores con grandes obras. Solo puedo estar agradecido porque un día me confiaron sus textos. Toda esta lista, todos los nombres y títulos que se me quedan atrás, no son ideas al aire, son mujeres y hombres con muchas horas de soledad, disciplina e ingenio. No solo no se les puede insultar sino que se les ha de admirar. Además tienen unas vidas personales muy interesantes, son muchas horas al teléfono y hemos sabido humanizar de tal manera lo que hacíamos que logramos mezclar el trabajo con las relaciones personales. ¡Así de curativa es la literatura!

Doy la cara por cada uno de ellos, por cada una de sus obras, han hecho un enorme esfuerzo y la editorial los ha acompañado en ese esfuerzo. Todos saben que jamás hemos escatimado tiempo cuando se trata de mejorar, aunque sea para cambiar una coma.

Por eso mi perro levanta la cabeza asustado, porque ve cómo me arde la silla, porque me duele que todos estos escritores sean víctimas de un prejuicio que poco a poco se irá diluyendo (mucho van a cambiar las cosas, tiempo al tiempo). También es cierto que las editoriales de autoedición se irán decantando por la edición de los manuscritos antes de publicarlos. Todos habremos de trabajar para que algunos contadores de mentiras, poco a poco, se vayan quedando sin palabras.

Esas, las palabras, yo prefiero dejarlas “en manos de los escritores”.

 

Nota: cuando estaba terminando de escribir estas líneas, y por total azar, hablé con nuestro poeta Álvaro Márquez Barba. Le conté lo que hacía y le invité a escribir unas notas finales. La única condición puesta por mi parte es que fuera LIBRE en lo que escribiese. Aquí dejo su comentario:

Mi bien querido y admirado Paco, ¿qué más puedo añadir a lo que acabas de escribir? Me pillas en un momento literario con el cable cruzado respecto a las grandes editoriales al uso, por eso aprovecho para darte mi opinión, intentando ser lo más breve posible.

Por un lado siento que, a menos que seas famoso por presentar un programa televisivo, dar patadas a un balón o haberte acostado con el famoso de turno, una editorial “convencional” no va a mostrar interés por tu trabajo. Parece ser que vender la obra de un “novato” es algo harto complicado. Por suerte existen otras editoriales, las que habéis abierto las puertas al mundo de la autoedición de calidad y que habéis apostado por nosotros, abriéndonos una ventana a este mundo en el que, poco a poco, estáis cambiando las normas en esta espiral de castas que es el mundo literario. Y no lo digo yo, las cifras están ahí.

Pero, ¿qué hay de vosotros?

De los escritores que elegimos la autoedición se dice que somos egos frustrados que queremos ver nuestro nombre en la portada y el lomo de un libro. Más de una vez he tenido que vérmelas con la cara avinagrada de algún librero que, cuando llevo mis ejemplares de “El Deseo y la Palabra” y le explico cómo lo “hemos dado a luz” me corta y resume: «o sea, que te lo has pagado tú»… como si en ese hecho material y económico se resumiera la calidad de mi trabajo y el de la editorial. Porque muchas lenguas han dicho que vosotros, las editoriales que trabajáis la autoedición (término que no veo correcto, puesto que yo no he “autoeditado” mi obra, yo la he escrito y vosotros habéis editado y corregido conmigo todo aquello que fue necesario), sois empresarios aduladores que regaláis piropos y cumplidos, en muchos casos falsos, a “falsos escritores” con el fin de ganaros el pan y ofrecernos una efímera ilusión, un espejismo literario que no logrará venderse, dado que si ninguna editorial “de verdad” ha apostado por nosotros es porque no tenemos la calidad suficiente.

Siempre la ignorancia es la más atrevida, pero, como decía mi abuelo, una obra de misericordia es enseñar al que no sabe, y debieran ver cómo hemos acabado con nuestras ediciones en campos tan complicados como la poesía, y cómo otros “de los nuestros” están ya con las segundas ediciones de sus obras. Eso es reflejo de dos cosas: de la calidad del autor y de la calidad del trabajo de la editorial.

Álvaro Márquez Barba. Poeta