Ahora que el peso de los años va quitando las prisas por llegar a aquel maravilloso “cualquier lugar” que uno añoraba cuando joven, ―cada día y sobre todo cada noche― se tiene más pausa para casi todo. Una de las cosas que he tenido que reinventar es mi relación con la escritura, me refiero a la escritura que recibo de los otros.

Antes, un poema o una novela era un tren que cogías a destiempo y cuya finalidad era habitar eventualmente “un destino”, nunca para quedarte demasiado tiempo en él. Ahora, sin embargo, una novela es un hombro donde posar el milagroso hecho de mirar y ver más acá de uno mismo. Se supone que finalmente aquellos trenes cumplieron su función y aquel destino inquieto era un trayecto al centro de quien uno es.

Todo esto, irremediablemente —y que sea irremediable tiene su gracia y también su maldición―, tiene mucho que ver con mi oficio de editor. Tiemblo cada vez que desenvuelvo emocionalmente un manuscrito de los que llegan a la editorial y noto el hombro que quien escribe me ofrece para que cuanto ocupa el mundo, por un ratito, se haga extensiblemente pequeño; la necesidad de obtener sentido a cuanto tu corazón de hombre añora está allí, ofreciéndose a gritos y en silencio a la vez.

Y es que, a causa del tiempo también, uno va pasando de tener incontables opiniones a una o dos o tres convicciones. Esta es una de ellas, que lo diga con seguridad me hace viejo y —esa es la parte buena― acaso un poquitico menos necio.

No lamento atravesar otro nuevo año, no lamento lo que se quedó detrás, no echo de menos nada porque “la importante importancia de lo que importa” siempre irá conmigo, me refiero a todo cuanto leo.

Por eso mi primer pensamiento es para los escritores, figuras a las que admiro y referencias sin las que, llegados a este punto de mi vida, no me comprendería a mí mismo.

Especial mención, y aquí mezclo lo personal y lo profesional, haré de los escritores cuyas obras me tocó “en suerte” leer, corregir, editar y publicar. También a aquellos que enviaron sus obras para que las valorara y todo acabó ahí. Gracias a todos.

Mi promesa es seguir enamorado de la lectura, mimetizarme con cada estilo, cada idea y las palabras que la traen a la vida.

Escribo esto como una declaración de intenciones, como un homenaje y un impulso a la figura del escritor, a la persona que guarda al escritor. Deseo de todo corazón que esta editorial sea una casa donde los escritores encuentren lo que andan buscando. Ojalá las circunstancias nos encuentren a la altura de lo que cada uno estemos haciendo. ¡Gracias y a trabajar!

Paco Melero. Editor de la editorial EdítaloContigo